Bien se dice que el que no conoce su historia está condenado a repetirla.
Esta frase enmarca la idea de volver la mirada al pasado, en busca de respuestas que orienten decisiones en el presente. En la UniSabana Editorial invitamos a conocer la historia a través de los libros de nuestro catálogo.
El próximo domingo volveremos a las urnas, y con las elecciones tan cerca, es importante conocer una parte de la historia que marcó no solo la política, sino la vida de millones de personas a lo largo del siglo XX. En los libros La revolución bolchevique: De lenin a stalin, El fascismo italiano, El nazismo y el tercer Reich: Intento de una revisión cultural y política de un tiempo trágico, el autor José Rodríguez Iturbe hace un recorrido por la memoria colectiva e invita a cuestionar y recordar los acontecimientos que llevaron a lo que hoy entendemos por regímenes totalitarios.
Un primer aspecto que se puede ver en este proceso es cómo estos gobiernos nacieron de la búsqueda de mejores condiciones que, en una primera instancia, es a lo que siempre se debe apuntar cuando uno gobierna un país. En el libro La Revolución Bolchevique vemos esta transición en un contexto de crisis política, guerra, descontento social y debilitamiento institucional. El autor muestra cómo, en medio del caos y la incertidumbre, surgieron propuestas que prometían orden y justicia. En el caso ruso, el bolchevismo se presentó como una alternativa radical frente a un sistema zarista agotado.
La aspiración inicial de cambio social, la superación de la desigualdad, el fin de la guerra y la reorganización del Estado resonaron en varios sectores de la población. Sin embargo, el proceso reveló cómo una causa que proclamaba la liberación podía desembocar en la concentración del poder en un solo partido, identificado progresivamente con el Estado mismo. Esta identificación se convirtió en un rasgo esencial del totalitarismo, sin dejar espacio para la pluralidad ni para la disidencia. La transformación no fue inmediata, sino progresiva: a medida que se consolidaba el poder, se justificaban medidas cada vez más restrictivas en nombre de la revolución.
Por ello, es importante tener claras ciertas distinciones en el discurso político, empezando por el tipo de conceptos que se emplean y la intención con la que se usan. Podemos ver en el libro El nazismo y el tercer reich: Intento de una revisión cultural y política de un tiempo trágico cómo los discursos buscan generar una identificación con el pueblo mediante palabras cargadas de significado, muchas veces apelando a las emociones y al reconocimiento. En el libro se hace una distinción entre lo que significa patriotismo y lo que significa nacionalismo. El profesor Rodríguez Iturbe argumenta que el patriotismo debe entenderse como una actitud virtuosa, un amor legítimo hacia la propia patria que nace de las raíces mismas de la existencia humana. Resaltando la cláusula aristotélica del zoon politikon, entendiendo al ser humano como ser esencialmente social, que no puede concebirse aislado: se forma en comunidad, en relación con otros.
Por otro lado, argumenta que en el nacionalismo hay un desplazamiento de esa idea hacia una postura más cerrada y absoluta. Ya no es una valoración de la propia nación, sino la elevación a un criterio supremo, muchas veces acompañada de la negación o subordinación de otras realidades nacionales. En este caso, se centraliza el concepto de nación como eje del discurso político, lo que genera un sentimiento que puede imponerse sobre la razón, dando una visión parcial y rígida. La diferencia es sutil pero fundamental: mientras el patriotismo reconoce la dimensión social del ser humano en equilibrio con los demás, el nacionalismo tiende a absolutizar la identidad colectiva, corriendo el riesgo de transformar un vínculo legítimo en una postura excluyente y poco abierta al diálogo.
Por su parte, la identificación se encuentra en un terreno difuso entre aquello que representa y aquello que constituye. En el libro El fascismo italiano:Mussolini y su tiempo, podemos ver que cuando se pierde esta distinción, como es el caso del fascismo, termina por hacer que las personas pierdan la individualidad y su identificación empieza a ser guiada por aquel que representa sus mismos ideales. En este caso, por la búsqueda de proteger ese ideal representado por alguien, las personas no cuestionan ni se preguntan, sino que defienden.
Se explica que el fascismo comenzó como la iniciativa de un disidente socialista y terminó convirtiéndose en un movimiento político de masas. Fue la expresión del impulso de amplios sectores de la clase media italiana que encontraron una respuesta a sus frustraciones, temores y aspiraciones. La figura de Mussolini, presentada como guía indiscutible, concentró en sí las expectativas colectivas, reforzando la tendencia a sustituir la reflexión crítica por la adhesión emocional. Rodríguez Iturbe aclara que Mussolini fue un revolucionario particular, ya que, a diferencia de Lenin, él accedió al poder mediante mecanismos legales, que posteriormente vaciaría y transformaría hasta neutralizarlos.





